Es un hecho evidente para los que hemos leído su poesía que Vicente Gerbasi, a lo largo de su obra, se ha ido despojando poco a poco, especialmente a partir de Los espacios cálidos, de la retórica del lenguaje que encontramos en sus primeros libros, lo que conduce a esa economía del lenguaje que hallamos en sus últimos poemarios. Sin embargo, considero que la poesía implica de por sí economía de palabras y el poeta, por muy retórico que sea, en un solo verso puede expresar todo un cúmulo de ideas que un narrador, para exponerlas, necesitaría de varias líneas y hasta de páginas enteras. El lenguaje lírico es económico y denso y Gerbasi lo maneja con gran maestría, incluso en los treinta cantos que conforman ese magnífico poema, uno y múltiple, que es Mi padre, el inmigrante. En él, el poeta ha creado gran cantidad de figuras retóricas, extensas enumeraciones, versos largos, mas es innegable que la economía del lenguaje está presente. ¿Podríamos decir que dicha economía es inexistente en versos como: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”, “Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan / ráfagas seculares”, “Relámpago extasiado entre dos noches”, “Mas la simiente trae la visible e invisible muerte”, por sólo citar unos pocos? Por supuesto que no. En estas breves palabras está condensada la existencia entera del ser humano, con su finitud y su perennidad y, más que eso, el ser en su esencia.
Mi padre, el inmigrante es un poema ontológico, metafísico. No es simplemente el poema del padre del poeta, es el poema del ser humano universal. En sus treinta cantos, de variada longitud, está presente el hombre con su misterio, sus interrogantes, sus angustias, sus tristezas, sus alegrías y la certeza de que la existencia es sólo un tránsito tan breve como un relámpago en medio de la oscuridad. En Mi padre, el inmigrante nos enfrentamos a la esencia del ser.
La noche es una metáfora constante en este poema. Metáfora de amplia significación que puede ser interpretada de diversas maneras por el lector. La noche es, asimismo, un tema recurrente en la poesía de todos los tiempos y lugares; detrás de ella está, en toda su magnitud, el misterio que nos envuelve desde que el hombre dio sus primeros pasos sobre el planeta y comenzó a tener conciencia de sí mismo y del mundo circundante. Heidegger afirma que el poeta es el más arriesgado de los hombres, ya que es aquél que se escapa de ese aparente refugio donde se ha cobijado la humanidad, donde se ha llenado de ruido con la finalidad de de cegar su espíritu y no ver la luz que descubre la realidad, lo que ha traído como consecuencia la atrofia de la sensibilidad impidiéndole ir más allá de lo que parece ser, pero no es. El poeta en su osadía rasga la superficie y se interna en el misterio del ser, penetra en la noche en busca de la claridad, es decir, de la verdad para mostrarla a los otros hombres. Es esto lo que Gerbasi hace a lo largo de sus versos del poemario dedicado a su padre. Con la palabra como único instrumento hurga en la noche del mundo, del ser, en un intento de llevar la luz a sus semejantes y de liberarlos de esa cárcel oscura donde ellos mismo se han encerrado y hacerlos descubrir su propia esencia.
No somos habitantes de la luz.
Hay leguas de tinieblas y signos ardorosos
danzando en torno nuestro.
(...)
El hombre es la noche que lo sigue,
sueño que el sol defiende,
paréntesis de incierta maravilla,
imagen que derriba la tiniebla.
(Mi padre, el inmigarnte. Canto IV)
Al mismo tiempo, hay en Mi padre, el inmigrante una invitación a hacer noche en nosotros mismos, como lo sugería Hanni Ossot, es decir, llevar a cabo una introspección para escuchar nuestras voces internas, las voces del ser y la resonancia de las cosas con el fin de sacar a la luz lo que está oculto en las profundidades de nuestra noche, descubrirnos y así encontrar nuestro ser, el del hombre y el mundo.
lo que escucho en mi sangre como grano que cae
en la penumbra de los aposentos,
donde el espejo de hundida confidencia
destruye vanamente las máscaras del hombre:
lo que escucho en mi sangre como flautas del sol,
cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia
como en una lejana colina de vendimias;
cuando el pensamiento transforma mis secretos
en abismos de yedras,
(Mi padre, el inmigarnte. Canto IV)
Desde la lectura inicial, los cantos de Mi padre, el inmigrante despertaron en mí, asombro y fascinación que se renuevan en cada relectura que siempre es la primera. Los versos que constituyen este poema son para mí un espejo donde se refleja mi propia imagen y la de la humanidad en medio de esa noche que nos rodea y me incitan a penetrar en ella, pero me faltan las palabras y las de Vicente se convierten en mi lazarillo.
María Teresa Casalta de García