EL MISTERIO DE LOS CASTILLOS DE GUAYANA – María Teresa Casalta de García
En honor a Howard Phillips Lovecraft
Percibo cercana la presencia del horripilante barquero Caronte, quien ávido me mira con sus ojos deformados por tanto espanto que han visto, y ansioso me espera para trasladarme al otro lado del Aqueronte, a ese lugar lúgubre y tenebroso, que en muy poco se diferencia de este mundo en el que me ha correspondido vivir. En el Hades nada hace mejor los días de los que allí vagan en una marisma vertiginosa que no se detiene, ni siquiera para dejarlos disfrutar del encuentro con seres conocidos alguna vez y hasta queridos en algún momento de la existencia terrena. Sin embargo, tampoco hoy, a las puertas del Inframundo, puedo sacar de mi mente la obsesión que por años la ha habitado, sin dejarle descanso ni un solo día: la muerte de mi abuelo, el Coronel Linares Mendoza.
Ha sido imposible olvidar cuando mi abuela gritó pidiendo auxilio. Había encontrado a su marido sentado, como era su costumbre, ante su escritorio, pero esta vez, la vida había abandonado su cuerpo y su cabeza yacía sobre una caja de madera, decorada con tallas en relieve, a las cuales, debido a la circunstancia de asombro y dolor, no presté mayor atención. Lo más impresionante de aquel cuerpo inerte, helado y rígido fue sus ojos desorbitados que parecían haber contemplado el horror justo antes de perder sus facultades; y las manos del anciano, casi convertidas en garras, que se aferraban al cofre de madera, como protegiéndolo de alguien que se lo quería arrebatar. No había rastros de lucha en la habitación. Todo estaba en perfecto orden, como lo mantenía el coronel. Los médicos firmaron un acta de defunción donde exponían que la causa de la muerte había sido un paro cardíaco ocurrido por debilidad de los músculos del corazón, debida a la avanzada edad del difunto. Es cierto que mi abuelo tenía 90 y tantos años, pero su salud nunca había presentado quebrantos de ningún tipo y conservaba una inteligencia totalmente lúcida. Sin embargo, aceptamos el diagnóstico como buenos desconocedoras de la materia.
Durante días, mi abuela y yo nos negamos a entrar al aposento donde murió el coronel, hasta que finalmente, consciente de la imposibilidad de posponer la labor, cargadas de valor, con escalofríos y un temor inexplicables, nos decidimos a entrar en la habitación y a comenzar a ordenar los asuntos personales del occiso. Sin saber por qué, lo primero que busqué con la mirada fue la caja de madera que, después de arrancarla casi por la fuerza de las manos del coronel, permanecía sobre el escritorio. La levanté y la observé con detenimiento. Los relieves que la cubrían estaban hechos por un inexperto pero reflejaban imágenes nítidas, aunque desconocidas para mis ojos y mi memoria. ¿Qué eran aquellos seres deformes y extraños? ¿Sería la falta de habilidad del ejecutante lo que provocaba su deformidad? Desde hace años, para mi infortunio, sé que no es así; sino que representan una metarrealidad desconocida por la gran mayoría de los humanos y que ojalá yo nunca hubiera tenido la desgracia de descubrir.
Hablo de metarrealidad porque existe, pero aparentemente no forma parte de nuestro mundo cotidiano. Son fuerzas ocultas, que, por fortuna, el corriente de los humanos ignora, ya que, de lo contrario, les sería totalmente imposible vivir con un ápice de paz y tranquilidad; y su estadía en esta tierra sería inimaginablemente peor que en el Hades que me espera. Sólo aspiro se me permita terminar esta historia para advertir al infeliz que encuentre estas páginas y la caja que aún conservo, del horror que se esconde en las profundidades de la naturaleza que, aunque suene irónico a mis oídos, llamamos virgen. Únicamente ruego a esa persona guarde el secreto, como yo lo he hecho hasta hoy y que no cometa el gravísimo error de investigar más allá de lo dicho en este relato. Todavía quedan cosas ocultas que el tiempo impidió que me fueran reveladas. Tal vez, no resista las visiones terroríficas de un futuro probablemente muy cercano, que atormentan cíclicamente a los que el secreto les es revelado y escudriñan en él.
Pregunté a mi abuela si sabía el origen de la caja, a lo que respondió:
-No, hija. Eso lo trajo tu abuelo de los Castillos de Guayana. Me dijo que la había elaborado con sus propias manos.
-¿Sabes qué representan las imágenes?
-No lo sé. No lo quiero saber tampoco. Las vi con detenimiento una sola vez y pensé que eran producto de las alteraciones de conducta con que tu abuelo regresó de esa zona. Allí la vida era muy dura y eso, creo, afectó su mente. En determinadas épocas su actitud variaba y me daba la impresión de que era poseído por un espíritu; pero, en esos momentos, prefería dejarlo solo con sus alucinaciones. Me atemorizaba su comportamiento y hasta sentía miedo en cualquier rincón de mi propia casa, sin que pudiera explicármelo.
-¿Dices que sufría alucinaciones?
-Eso me parece. Pero prefiero no hablar de ello. Fueron los peores días de mi matrimonio.
-Nunca lo dijiste a nadie, ni siquiera a tus hijos.
-Ya te dije que no me gusta hablar de eso. Siempre escondí su comportamiento extraño. No quise que nadie se enterara.
-¿Qué contiene esta caja? ¿La has revisado alguna vez?
-Deja esa caja o mejor métela en las bolsas de lo que vamos a botar.
La caja y la poca información que me suministró mi abuela despertaron tal interés en mí que, mintiendo, le pedí me permitiera guardar aquello que había salido de las propias manos de mi antepasado, como un recuerdo personal y nada más. Mi abuela accedió, advirtiéndome que sería preferible deshacerse de ella.
Ese mismo día, cuando la calma de la noche invadió la casa, con sumo cuidado, logré forzar el pequeño candado que cerraba la caja. Al abrirla, un olor extraño emanó de ella, una mezcla de cieno y corrupción de cuerpos, de madera podrida y detritus orgánico, tan fuerte como un golpe en la nariz, que me hizo retroceder repulsivamente y me provocó una náusea violenta que pude a duras penas contener. Lo extraño fue que este tufo duró un instante y se desvaneció en el aire de mi habitación, clausurada para evitar cualquier noctámbulo curioso. Dentro sólo había una serie de papeles manuscritos con la letra del coronel, los cuales comencé a leer detenidamente. El primer documento, el que estaba encima de todos, tenía fecha del 15 de mayo de 1927. Sólo decía: De nuevo en el calor y seguridad del hogar. Finalmente logré huir del epicentro del HORROR. Espero no tener que volver allí. No lo soportaría.
Mi abuelo era uno de esos militares sin escuela de la época del general Gómez. Se ganó el grado de coronel desconozco por qué méritos. Tal vez tuvo muchos. Fue enviado a los llamados Castillos de Guayana, antiguas fortalezas coloniales, construidas, siguiendo el curso del imponente Orinoco, más abajo de Ciudad Bolívar, para defender el territorio rico en oro de los piratas, seres en verdad inofensivos en relación con lo que realmente amenazaba y amenaza al género humano y que no viene por agua, sino que está allí mismo, en las profundidades de la selva. Estos castillos estuvieron abandonados durante muchísimos años y debido a causas desconocidas, nadie quería acercarse a la región porque circulaban toda una serie de leyendas, producto de la imaginación popular y el misterio de la zona. La dictadura, en su afán de controlarlo todo, decidió apostar una tropa en esos edificios para vigilar el tráfico fluvial y el contrabando que se transportaba desde y hacia Trinidad. Mi abuelo fue nombrado comandante de ese puñado de soldados, posiblemente como recompensa o quizás como castigo del Benemérito. Cuando, después de muchos años, regresó a Ciudad Bolívar a reencontrarse con la prole, ya bastante aumentada, solía amenizar las reuniones familiares con historias que impresionaban especialmente a los nietos: que había comido cabeza de araguato, que los sesos eran lo mejor, pero los ojos un poco duros; que la carne de serpiente asada era de las más delicadas que había probado, especialmente si era venenosa, también la de la cola de baba y de la iguana; que una india con quien había convivido, para satisfacer sus necesidades íntimas, planeaba “pintarlo” de Carare, vertiéndole en la sopa algunas gotas de su sangre infectada por la enfermedad y cantidad de otros relatos. Nunca percibimos en él ninguna alteración mental, sólo cuando, en alguna ocasión, cualquiera de los presentes le preguntaba por la selva que rodeaba los castillos, el abuelo caía en un mutismo cerrado, sus ojos se agrandaban descomunalmente, su mirada se perdía en el infinito; luego, cerraba fuertemente los ojos, se paraba sin pronunciar palabra y se encerraba en su cuarto. Nadie hacía caso de esta actitud y la reunión continuaba.
Gracias a los manuscritos del abuelo, pude descubrir qué llamaba él “el epicentro del horror”. Las otras páginas relataban los hechos extraños que presenciaron el coronel y sus soldados. Después de dos meses en el puesto militar a orillas del Orinoco, una noche sin luna del mes de junio, exactamente el 24 de junio de 1925, el mismo hedor que emanó de la caja cuando la abrí, fue captado por todos los miembros de la tropa, al tiempo que se escuchaban gritos espeluznantes. Al pasar revista a la tropa con el fin de organizar un grupo que partiera hacia la selva en inspección, se percataron que seis soldados faltaban. Por más que los buscaron por todas partes, no aparecieron. Pensaron que se habían fugado en una de las canoas con que hacían los recorridos diarios por el río, pero todas estaban bien amarradas a estacas. Finalmente pensaron encontrar a los desertores, tratando de huir por la selva. La expedición, formada por cinco soldados con el coronel a la cabeza, partió en medio de la oscuridad, alumbrándose con rudimentarias lámparas de kerosene. Avanzaban cautelosamente, siguiendo su oído y su olfato, por medio de árboles milenarios cuyas copas era imposible percibir por su infinita altura y la profunda oscuridad. Los gritos, cada vez más estridentes, se acercaban paulatinamente; el tufo se hacía más penetrante e intolerable y provocaba vómitos violentos en los soldados, quienes rogaban al coronel no seguir adelante. Éste, sin embargo, era sordo a los ruegos de sus subalternos, y continuaba decididamente hacia delante. Finalmente, a través de la tupida selva, percibieron un fulgor hacia el cual se dirigieron, llegando finalmente a un claro circular, cubierto por una elevadísima bóveda de ramas y hojas. El horror, según el coronel, fue indescriptible. En el centro un ser de un negro deslumbrante, tricéfalo, cada cabeza, con ojos chispeantes, melena de león y enorme pico de águila, estaba dirigida en una dirección diferente, tres medio-cuerpos de rinoceronte fusionados por el vientre y seis patas de elefante que surgían de cada pecho. Del testuz del animal emergían largos cuernos afilados, en cada uno de los cuales estaba ensartada la cabeza de los miembros de la tropa, presuntamente fugitivos y en cada uno de los tres morros de la bestia cabalgaban dos cuerpos decapitados y desnudos. El monstruo intentaba correr en cada una de las direcciones de sus cabezas, lo que producía un estruendo tal que hacía temblar la tierra, como si de un terremoto se tratara. Un círculo de seis grandes fogatas rodeaba al animal que por más que intentara avanzar, siempre permanecía en el mismo lugar. Un poco más allá de los fuegos, una ronda de seres antropomorfos, acéfalos, con un gran ojo en el pecho, los hombros y la espalda cubiertos de pelos negros, gruesos e hirsutos, realizaba una danza ritual desenfrenada. Al percibir la presencia de los expedicionarios, una gran sima se abrió devorando, con violento movimiento circular, al monstruo de tres cabezas, a los soldados ofrecidos en holocausto y al fuego que los rodeaba; los ejecutantes del sacrificio huyeron a las profundidades de la selva.
Ante tal visión, tres de los hombres del coronel cayeron inconscientes y despertaron unas horas después, totalmente enanejados y sin siquiera recordar su nombre. Los otros dos huyeron despavoridos, sin rumbo determinado, perdiéndose en la selva y desconociéndose para siempre su paradero. El único que logró conservar la cordura fue mi abuelo, según él afirma, y regresó con un trío de locos al puesto militar. Justificó la demencia de los hombres con la mentira de que habían sido picados por una araña cuyo veneno no mataba, pero afectaba gravemente las facultades cerebrales. Estos seres fueron enviados a las autoridades gubernamentales en Ciudad Bolívar, quienes callaron el hecho indemnizando con grandes sumas de dinero a las pobres familias de los afectados.
Nuevos soldados llegaron a reponer las bajas. La vida siguió sin contratiempos en los castillos. El coronel, aparentemente en uso de todas sus facultades mentales, quedó obsesionado por lo que vio y decidió realizar una cofre tallado por él, donde representaba la visión que tuvo esa noche y que cada seis ciclos completos de la luna se materializada ante sus ojos. En cada ocasión, eran seis nuevos jóvenes que desaparecían misteriosa e inexplicablemente y eran sacrificados, ante los ojos aterrorizados de su jefe, sin que éste nada pudiera hacer para impedirlo.
Cada uno de estos hechos horripilantes era informado con lujo de detalles por mi abuelo a las autoridades, quienes, incrédulas y sin conceder importancia a la vida de sus soldados, como única respuesta, enviaban seis nuevos hombres. En vista de las cartas desesperadas del coronel, el gobierno lo consideró demente y lo regresó a su hogar, en mayo de 1927, con una jugosa pensión y el juramento, bajo pena de muerte, de guardar el secreto de todo lo ocurrido.
Linares Mendoza cumplió su promesa, pero necesitaba de alguna manera liberarse del horror que lo habitaba a través del testimonio escrito de los hechos y que guardaba bajo llave en el cofre que había tallado.
Ante el misterio y sin tener ninguna palabra que mantener, decidí recorrer la región de los castillos de Guayana con el fin de investigar la verdad de los hechos que mi abuelo relataba. El lugar, una vez más estaba abandonado, nadie quería morar en esos parajes que consideraban inhóspitos, no sólo por la naturaleza silvestre que los cubría, sino por la presencia de seres que espantaban a los humanos. Sin embargo, uno que otro grupo indígena, en estado aún salvaje, podía encontrarse allí. Cuando, les mostraba el cofre, se aterraban y salían corriendo dando grandes alaridos de horror. Eso aumentaba mi curiosidad y me impedía desfallecer en mi intento por develar el misterio.
Un día, encontré a un pobre hombre quien no sabía de dónde venía ni cuándo había llegado allí; andaba semidesnudo, sucio, pero sus rasgos eran de un mestizo. Tuve la impresión de que era uno de esos dos soldados que huyeron despavoridos, sin rumbo, hacia la selva. Se decía conocedor de todos los misterios del lugar y me habló de lo mismo que contaba mi abuelo; sin embargo, afirmó nunca haber escuchado hablar del coronel Linares Mendoza, ni de ningún militar que habitara alguna vez aquella zona. Por él descubrí la gran amenaza que se cernía sobre la humanidad. El día en que determinadas constelaciones desaparecieran, lo que sucedería de un momento a otro, por la acción destructiva de los humanos, cada parte del monstruo tricéfalo, cuyo tamaño era mayor de lo que cualquier ser pudiera concebir, se liberaría y partiría en busca de su alimento preferido, la carne humana. Nadie se salvaría porque era insaciable e indetenible. Aunque los hombres se escondieran, igual perecerían, pues a su paso sembraría muerte y destrucción de cualquier especie de ser viviente. Me pidió guardar el secreto, ya que no era conveniente que se divulgara, pues lo hombres, en su afán de conocerlo e investigarlo todo, lo buscarían y harían que surgiera de las entrañas de la tierra en diversos sitios de la faz de la tierra, comenzando así el fin de la raza humana, que era lo que precisamente ese ser deseaba, para imponer un nuevo orden donde él, rigiera todo y poblar el mundo con seres acéfalos, a quienes pudiera dominar, sin ninguna resistencia.
Después de mucho meditar, llegué a la conclusión de que mi abuelo no murió exactamente de muerte natural, el monstruo se materializó y quiso arrancarle el cofre con el secreto para lanzarlo al mundo, darse a conocer y así empezar su tan ansiada obra destructora, pero mi abuelo fiel a su promesa, no lo permitió.
Percibo cercana la presencia del horripilante barquero Caronte, porque el monstruo que cada seis ciclos de la luna se ha materializado ante mis ojos, quiere aprovechar mi debilidad de anciana y arrebatarme el secreto que durante años he guardado en este cofre cuyas tallas representan su espantosa figura y los deformes ejecutantes de su nauseabundo ritual. En pocas horas me encontrarán con el cuerpo inerte, helado y rígido, la cara deformada por el horror y las manos, casi convertidas en garras, aferradas al cofre…