martes, 9 de mayo de 2017

COMUNICADO DE LA PRESIDENCIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA NO REFORMAR LA CONSTITUCIÓN SINO CUMPLIRLA

COMUNICADO DE LA PRESIDENCIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA
NO REFORMAR LA CONSTITUCIÓN SINO CUMPLIRLA
1. Atendiendo la grave situación que hoy afecta la vida y la convivencia en nuestro país, los obispos miembros de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana, consideramos necesario y urgente hacer llegar nuestra palabra a todo el pueblo venezolano.
2. Luego de las desacertadas decisiones 156 y 157 del Tribunal Supremo de Justicia que han dado origen a las últimas manifestaciones de la población, la reciente iniciativa del Presidente de la República de convocar una Asamblea Constituyente, ha sido percibida por la inmensa mayoría de la población, como una iniciativa divorciada de las urgentes necesidades del país y como un paso más en el socavamiento del Estado Social de Derecho previsto en la actual Constitución.
3. Actualmente lo que más necesita el pueblo venezolano es comida, medicamentos, libertad, seguridad personal y jurídica, y paz. Todo ello se conseguiría, si el Gobierno actuara apegado a lo previsto en el texto constitucional vigente y con mayor sensibilidad ante tantas carencias. Los temas presentados por el Presidente de la República para apoyar su propuesta, no apuntan a resolver los graves problemas que aquejan a los venezolanos sino a prolongar la permanencia de su Gobierno en el poder.
4. La propuesta Presidencial de una Asamblea Constituyente sectorizada para la reforma de la Constitución es innecesaria y resulta peligrosa para la democracia venezolana, para el desarrollo humano integral y para la paz social, pues el objetivo fundamental de dicha Asamblea es “constitucionalizar” el “Estado Comunal”. Esto equivale a reeditar la reforma constitucional de 2007, planteada también por el Poder Ejecutivo, que fue rechazada por el pueblo en el Referendo Consultivo de ese mismo año., En definitiva, esta propuesta es querer imponer el “Plan de la Patria”, traducción operativa del “Socialismo del siglo XXI”, sistema totalitario, militarista, policial, violento y represor, que ha originado los males que hoy padece nuestro país.
5. La convocatoria a una Asamblea manejada en sus bases y en la elección de sus miembros por el Gobierno, la hace parcial, monocolor y excluyente. Es un nuevo intento en el afán de sustituir a la actual Asamblea Nacional, elegida por una mayoría abrumadora representativa de la soberanía popular. Pero, además, esta iniciativa presidencial es engañosa, al dejar en la penumbra muchos aspectos de su diseño y aplicación, y daría amplio margen a interpretaciones ambiguas de su reglamentación.
6. No podemos olvidar ni poner de lado la tristeza y el sufrimiento que este régimen está provocando a nuestro pueblo. Además, en el último mes ha hecho alarde de su naturaleza represiva mediante la sofocación de la legítima protesta con excesiva e inhumana violencia, generada por los organismos de seguridad del Estado, particularmente de la Guardia Nacional Bolivariana, y los grupos armados llamados “colectivos” que actúan bajo la mirada protectora de las autoridades. Se agrava la situación, al actuar no sólo en contra de quienes, apoyándose en sus derechos civiles levantan su voz de descontento y reclamo en la calle, sino también en contra de grupos familiares que en sus propias residencias han sido blanco de lo que parece ya violencia institucionalizada. Hacemos nuestro el dolor del pueblo venezolano y decimos: ¡Ya basta de tanta represión!
7. Ante toda esta lamentable situación, rechazamos la convocatoria a esa Asamblea Constituyente, y exhortamos a la población en general a no resignarse, a levantar su voz de protesta, pero sin caer en el juego de quienes generando violencia quieren conducir al país a escenarios de mayor confrontación con el fin de agravar la situación y mantenerse en el poder.
8. Este es un momento en el cual necesariamente debemos fijar nuestra mirada en el Dios de la Vida y de la Paz. Invitamos a todas nuestras parroquias y comunidades a organizar una Jornada de Oración por la Paz de Venezuela, el próximo domingo 21 de mayo, por el cese de la violencia, la represión oficial y por la búsqueda de caminos para el entendimiento y la reconciliación que tanto necesitamos. Es necesario acrecentar la escucha de la Palabra de Dios y la oración en cada hogar, en cada institución y en cada comunidad cristiana.
9. Acogemos con vivo agradecimiento las palabras del Santo Padre Francisco: “No dejan de llegar noticias dramáticas sobre la situación en Venezuela y el agravarse de los enfrentamientos, con numerosos muertos, heridos y detenidos. Mientras me uno al dolor de los familiares de las víctimas, para quienes aseguro oraciones de sufragio, dirijo un apremiante llamamiento al Gobierno y a todos los componentes de la sociedad venezolana para que se evite cualquier ulterior forma de violencia, sean respetados los derechos humanos y se busquen soluciones negociadas a la grave crisis humanitaria, social, política y económica que está agotando a la población. Encomendamos a la Santísima Virgen María la intención de la paz, de la reconciliación y de la democracia en ese querido país”.
10. Jesús resucitado y María de Coromoto nos bendigan y acompañen en nuestro caminar histórico hacia la reconstrucción del país por los caminos de la paz y de la no violencia.
5 de mayo de 2017

Entrevista al Padre Luis Ugalde: Es el momento de las grandes verdades e...

jueves, 17 de abril de 2014

ALGUIEN DESORDENA ESTAS ROSAS - Gabriel García Márquez



Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.

jueves, 31 de octubre de 2013

¡QUÉ ANTIIMPERIALISTAS SON MIS VECINOS ROJO-ROJITOS!



         Esta tarde, al pasar con mi carro frente a su casa, me quedé sorprendida con la “manifestación de antiimperialismo” de mis recientes vecinos rojo-rojitos, miembros de la nueva boliburguesía que, cuando era pobre, criticaba y condenaba con vehemencia a los “ta’barato, dame dos” y que ahora, no solo adora  viajar al Imperio con los bolsillos o maletines llenos de dólares en efectivo, sino que compran casas viejas, a veces a precios de gallina flaca, y las rehacen, así estén bien conservadas,  usando materiales de lujo, como el mármol (¡Les fascina!), entre otros. O como mis nuevos vecinos, quienes, además de la refacción casi total de una de las casas más grandes y bonitas de mi calle, construyeron en el jardín una piscina de dos niveles, con caída de agua y todo.
         ¿A qué se debió mi sorpresa? Hoy es 31 de octubre, día de Halloween, fiesta que, a pesar de su origen celta, el “odiado” Imperio Norteamericano ha hecho muy suya y, por lo tanto, debería ser rechazada por todo aquel simpatizante del Socialismo del siglo XXI. Sin embargo, mis nuevos vecinos rojo-rojitos, muy amigos de las fiestas (los fines de semana siempre arman una y bien ruidosa), también celebran las festividades de esos detestables gringos y colocaron en la parte superior de la entrada de su recién adquirida y remodelada casa, en un lugar bien a la vista de todos y para que no pasara desapercibida para ninguno de los transeúntes de esta calle, una enorme calabaza de la cual emerge triunfante una horrible bruja con la cara verde oscuro, un gran sombrero negro y blandiendo una escoba en una de sus manos, todo inflable y de fabricación no endógena, por supuesto. En esta calle, donde la mayoría, no diría que son de oposición, sino más bien apáticos e indiferentes, incapaces de protestar la baja de calidad y hedor del agua que sale por sus grifos o un bote de agua negras de días o la ausencia del aseo urbano, pero que puedo afirmar no son pro gobierno, aunque algunos tengan seguramente tratos económicos con este, mis nuevos vecinos boliburgueses son los únicos en adornar su casa con motivos de esta fiesta importada del Imperio. No sé si tienen hijos pequeños, pero si los tienen, seguramente tocarán mi puerta esta noche, exclamando: “Trick or treat”.
         Me pregunto si en unos días veré, en el lugar de la calabaza y la bruja, un enorme y simpático pavo inflable porque los rojo-rojitos van a celebrar el “Día de acción de gracias” que le ha dado por festejar también a algunos en Caracas -todavía no he logrado entender por qué- y los revolucionarios, beneficiados por las bondades del difunto Comandante, su hijo y sus herederos, no se quieren quedar atrás.

Caracas, 31 de octubre de 2013

martes, 9 de agosto de 2011

EL PADRE, EL HOMBRE, EL SER. - María Teresa Casalta de García

Es un hecho evidente para los que hemos leído su poesía que Vicente Gerbasi, a lo largo de su obra, se ha ido despojando poco a poco, especialmente a partir de Los espacios cálidos, de la retórica del lenguaje que encontramos en sus primeros libros, lo que conduce a esa economía del lenguaje que hallamos en sus últimos poemarios. Sin embargo, considero que la poesía implica de por sí economía de palabras y el poeta, por muy retórico que sea, en un solo verso puede expresar todo un cúmulo de ideas que un narrador, para exponerlas, necesitaría de varias líneas y hasta de páginas enteras. El lenguaje lírico es económico y denso y Gerbasi lo maneja con gran maestría, incluso en los treinta cantos que conforman ese magnífico poema, uno y múltiple, que es Mi padre, el inmigrante. En él, el poeta ha creado gran cantidad de figuras retóricas, extensas enumeraciones, versos largos, mas es innegable que la economía del lenguaje está presente. ¿Podríamos decir que dicha economía es inexistente en versos como: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”, “Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan / ráfagas seculares”, “Relámpago extasiado entre dos noches”, “Mas la simiente trae la visible e invisible muerte”, por sólo citar unos pocos? Por supuesto que no. En estas breves palabras está condensada la existencia entera del ser humano, con su finitud y su perennidad y, más que eso, el ser en su esencia.

Mi padre, el inmigrante es un poema ontológico, metafísico. No es simplemente el poema del padre del poeta, es el poema del ser humano universal. En sus treinta cantos, de variada longitud, está presente el hombre con su misterio, sus interrogantes, sus angustias, sus tristezas, sus alegrías y la certeza de que la existencia es sólo un tránsito tan breve como un relámpago en medio de la oscuridad. En Mi padre, el inmigrante nos enfrentamos a la esencia del ser.

La noche es una metáfora constante en este poema. Metáfora de amplia significación que puede ser interpretada de diversas maneras por el lector. La noche es, asimismo, un tema recurrente en la poesía de todos los tiempos y lugares; detrás de ella está, en toda su magnitud, el misterio que nos envuelve desde que el hombre dio sus primeros pasos sobre el planeta y comenzó a tener conciencia de sí mismo y del mundo circundante. Heidegger afirma que el poeta es el más arriesgado de los hombres, ya que es aquél que se escapa de ese aparente refugio donde se ha cobijado la humanidad, donde se ha llenado de ruido con la finalidad de de cegar su espíritu y no ver la luz que descubre la realidad, lo que ha traído como consecuencia la atrofia de la sensibilidad impidiéndole ir más allá de lo que parece ser, pero no es. El poeta en su osadía rasga la superficie y se interna en el misterio del ser, penetra en la noche en busca de la claridad, es decir, de la verdad para mostrarla a los otros hombres. Es esto lo que Gerbasi hace a lo largo de sus versos del poemario dedicado a su padre. Con la palabra como único instrumento hurga en la noche del mundo, del ser, en un intento de llevar la luz a sus semejantes y de liberarlos de esa cárcel oscura donde ellos mismo se han encerrado y hacerlos descubrir su propia esencia.

No somos habitantes de la luz.

Hay leguas de tinieblas y signos ardorosos

danzando en torno nuestro.

(...)

El hombre es la noche que lo sigue,

sueño que el sol defiende,

paréntesis de incierta maravilla,

imagen que derriba la tiniebla.

(Mi padre, el inmigarnte. Canto IV)

Al mismo tiempo, hay en Mi padre, el inmigrante una invitación a hacer noche en nosotros mismos, como lo sugería Hanni Ossot, es decir, llevar a cabo una introspección para escuchar nuestras voces internas, las voces del ser y la resonancia de las cosas con el fin de sacar a la luz lo que está oculto en las profundidades de nuestra noche, descubrirnos y así encontrar nuestro ser, el del hombre y el mundo.

lo que escucho en mi sangre como grano que cae

en la penumbra de los aposentos,

donde el espejo de hundida confidencia

destruye vanamente las máscaras del hombre:

lo que escucho en mi sangre como flautas del sol,

cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia

como en una lejana colina de vendimias;

cuando el pensamiento transforma mis secretos

en abismos de yedras,

(Mi padre, el inmigarnte. Canto IV)

Desde la lectura inicial, los cantos de Mi padre, el inmigrante despertaron en mí, asombro y fascinación que se renuevan en cada relectura que siempre es la primera. Los versos que constituyen este poema son para mí un espejo donde se refleja mi propia imagen y la de la humanidad en medio de esa noche que nos rodea y me incitan a penetrar en ella, pero me faltan las palabras y las de Vicente se convierten en mi lazarillo.

María Teresa Casalta de García

LA TRIBULACIÓN DEL INCONSCIENTE - María Teresa Casalta de García

La presencia de imágenes sensuales y de erotismo no es una de las constantes en la obra de Ramos Sucre; sin embargo, entre los textos de La torre de timón, “La tribulación del novicio” nos ha llamado poderosamente la atención por la existencia de los elementos al principio mencionados; la maestría, elegancia y belleza del lenguaje con que son manejados y la fuerza del deseo carnal que en ellos se expresa.

Vivo sintiendo el contacto de carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos, cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de dolor y de gozo. (Ramos Sucre, 1980: 32)

Según Freud, el ser humano, por su circunstancia en el mundo, ha reprimido, a través del “principio de la realidad”, lo que el psicoanalista ha llamado el “principio del placer” y es por la sublimación de los deseos reprimidos, acumulados en el inconsciente y dominados por el súper-ego, que el hombre ha realizado las grandes obras de arte. Bien sabemos que Ramos Sucre, desde su infancia, fue sometido a una disciplina férrea impuesta por su madre y el tío que se encargó de su formación intelectual, lo que trajo como consecuencia una mutilación o castración que no le permitió disfrutar de los goces propios de su especie y de las diversas etapas de la vida por las que pasa un hombre. En su inconsciente están guardados todo un cúmulo de placeres insatisfechos que pugnan por liberarse, pero el súper-ego les impide salir; entonces, el poeta usa el lenguaje para sacarlos de la prisión donde se encuentran, creando así, textos de gran belleza.

En “La tribulación del novicio” hallamos la técnica del enmascaramiento. El súper-ego del poeta, esa voz interior represiva, no le permite hacer una confesión directa de quién es él realmente y se expresa a través de la máscara de un joven novicio quien se siente agobiado por la vida monástica que lo aparta del disfrute del mundo y que no es cónsona son su juventud.

En este poema se hace presente, bajo el “grueso sayal” de un joven novicio, el YO del poeta cumanés, deseoso de salir al mundo, palparlo, gozarlo sin restricciones; de romper, sin ningún sentimiento de culpabilidad, las cadenas que lo hacen esclavo de los principios inculcados desde la más tierna infancia, de ser realmente un hombre completo, no mutilado; sin embargo, es él mismo quien se impone límites y no permite la libertad de su alma, de sus sentimientos, de sus sentidos, de sus deseos. No tiene la fuerza o la osadía de luchar contra ese superego que lo domina o contra las voces de la madre y del tío, odiados pero siempre presentes. Ve el mundo desde afuera y no se atreve a entrar plenamente en él y deleitarse en las maravillas que le ofrece, a tal punto que se siente extraño a él y se ve en la necesidad de recurrir a épocas remotas, míticas o a inventar mundos fantásticos o inexistentes para refugiarse en ellos.

Sufro por mi estado religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y encierros pago el delito de esta rebosante juventud; aislado, herido por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. (…) Debo recatarme de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta; vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo. Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la hidra sus cabezas. (Ramos Sucre, 1980: 33)

En Ramos Sucre, el elemento liberador del inconsciente es la palabra. El poeta la usa para crear textos hermosos que llegan a lo profundo del alma humana ¿o tal vez de nuestro inconsciente para crear en él una rebelión?

María Teresa Casalta de García

Julio, 2008

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFÍCAS

Eagleton, T. (1998). Una introducción a la teoría literaria. Santafé de Bogotá, Fondo

de Cultura Económica.

Ramos Sucre, J.A. (1980). Obra completa. Caracas, Biblioteca Ayacucho.