Buscando el infinito
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martes, 9 de mayo de 2017
COMUNICADO DE LA PRESIDENCIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA NO REFORMAR LA CONSTITUCIÓN SINO CUMPLIRLA
jueves, 17 de abril de 2014
ALGUIEN DESORDENA ESTAS ROSAS - Gabriel García Márquez
jueves, 31 de octubre de 2013
¡QUÉ ANTIIMPERIALISTAS SON MIS VECINOS ROJO-ROJITOS!
Caracas, 31 de octubre de 2013
martes, 9 de agosto de 2011
EL PADRE, EL HOMBRE, EL SER. - María Teresa Casalta de García
Es un hecho evidente para los que hemos leído su poesía que Vicente Gerbasi, a lo largo de su obra, se ha ido despojando poco a poco, especialmente a partir de Los espacios cálidos, de la retórica del lenguaje que encontramos en sus primeros libros, lo que conduce a esa economía del lenguaje que hallamos en sus últimos poemarios. Sin embargo, considero que la poesía implica de por sí economía de palabras y el poeta, por muy retórico que sea, en un solo verso puede expresar todo un cúmulo de ideas que un narrador, para exponerlas, necesitaría de varias líneas y hasta de páginas enteras. El lenguaje lírico es económico y denso y Gerbasi lo maneja con gran maestría, incluso en los treinta cantos que conforman ese magnífico poema, uno y múltiple, que es Mi padre, el inmigrante. En él, el poeta ha creado gran cantidad de figuras retóricas, extensas enumeraciones, versos largos, mas es innegable que la economía del lenguaje está presente. ¿Podríamos decir que dicha economía es inexistente en versos como: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”, “Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan / ráfagas seculares”, “Relámpago extasiado entre dos noches”, “Mas la simiente trae la visible e invisible muerte”, por sólo citar unos pocos? Por supuesto que no. En estas breves palabras está condensada la existencia entera del ser humano, con su finitud y su perennidad y, más que eso, el ser en su esencia.
Mi padre, el inmigrante es un poema ontológico, metafísico. No es simplemente el poema del padre del poeta, es el poema del ser humano universal. En sus treinta cantos, de variada longitud, está presente el hombre con su misterio, sus interrogantes, sus angustias, sus tristezas, sus alegrías y la certeza de que la existencia es sólo un tránsito tan breve como un relámpago en medio de la oscuridad. En Mi padre, el inmigrante nos enfrentamos a la esencia del ser.
La noche es una metáfora constante en este poema. Metáfora de amplia significación que puede ser interpretada de diversas maneras por el lector. La noche es, asimismo, un tema recurrente en la poesía de todos los tiempos y lugares; detrás de ella está, en toda su magnitud, el misterio que nos envuelve desde que el hombre dio sus primeros pasos sobre el planeta y comenzó a tener conciencia de sí mismo y del mundo circundante. Heidegger afirma que el poeta es el más arriesgado de los hombres, ya que es aquél que se escapa de ese aparente refugio donde se ha cobijado la humanidad, donde se ha llenado de ruido con la finalidad de de cegar su espíritu y no ver la luz que descubre la realidad, lo que ha traído como consecuencia la atrofia de la sensibilidad impidiéndole ir más allá de lo que parece ser, pero no es. El poeta en su osadía rasga la superficie y se interna en el misterio del ser, penetra en la noche en busca de la claridad, es decir, de la verdad para mostrarla a los otros hombres. Es esto lo que Gerbasi hace a lo largo de sus versos del poemario dedicado a su padre. Con la palabra como único instrumento hurga en la noche del mundo, del ser, en un intento de llevar la luz a sus semejantes y de liberarlos de esa cárcel oscura donde ellos mismo se han encerrado y hacerlos descubrir su propia esencia.
No somos habitantes de la luz.
Hay leguas de tinieblas y signos ardorosos
danzando en torno nuestro.
(...)
El hombre es la noche que lo sigue,
sueño que el sol defiende,
paréntesis de incierta maravilla,
imagen que derriba la tiniebla.
(Mi padre, el inmigarnte. Canto IV)
Al mismo tiempo, hay en Mi padre, el inmigrante una invitación a hacer noche en nosotros mismos, como lo sugería Hanni Ossot, es decir, llevar a cabo una introspección para escuchar nuestras voces internas, las voces del ser y la resonancia de las cosas con el fin de sacar a la luz lo que está oculto en las profundidades de nuestra noche, descubrirnos y así encontrar nuestro ser, el del hombre y el mundo.
lo que escucho en mi sangre como grano que cae
en la penumbra de los aposentos,
donde el espejo de hundida confidencia
destruye vanamente las máscaras del hombre:
lo que escucho en mi sangre como flautas del sol,
cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia
como en una lejana colina de vendimias;
cuando el pensamiento transforma mis secretos
en abismos de yedras,
(Mi padre, el inmigarnte. Canto IV)
Desde la lectura inicial, los cantos de Mi padre, el inmigrante despertaron en mí, asombro y fascinación que se renuevan en cada relectura que siempre es la primera. Los versos que constituyen este poema son para mí un espejo donde se refleja mi propia imagen y la de la humanidad en medio de esa noche que nos rodea y me incitan a penetrar en ella, pero me faltan las palabras y las de Vicente se convierten en mi lazarillo.
María Teresa Casalta de García
LA TRIBULACIÓN DEL INCONSCIENTE - María Teresa Casalta de García
La presencia de imágenes sensuales y de erotismo no es una de las constantes en la obra de Ramos Sucre; sin embargo, entre los textos de La torre de timón, “La tribulación del novicio” nos ha llamado poderosamente la atención por la existencia de los elementos al principio mencionados; la maestría, elegancia y belleza del lenguaje con que son manejados y la fuerza del deseo carnal que en ellos se expresa.
Vivo sintiendo el contacto de carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos, cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de dolor y de gozo. (Ramos Sucre, 1980: 32)
Según Freud, el ser humano, por su circunstancia en el mundo, ha reprimido, a través del “principio de la realidad”, lo que el psicoanalista ha llamado el “principio del placer” y es por la sublimación de los deseos reprimidos, acumulados en el inconsciente y dominados por el súper-ego, que el hombre ha realizado las grandes obras de arte. Bien sabemos que Ramos Sucre, desde su infancia, fue sometido a una disciplina férrea impuesta por su madre y el tío que se encargó de su formación intelectual, lo que trajo como consecuencia una mutilación o castración que no le permitió disfrutar de los goces propios de su especie y de las diversas etapas de la vida por las que pasa un hombre. En su inconsciente están guardados todo un cúmulo de placeres insatisfechos que pugnan por liberarse, pero el súper-ego les impide salir; entonces, el poeta usa el lenguaje para sacarlos de la prisión donde se encuentran, creando así, textos de gran belleza.
En “La tribulación del novicio” hallamos la técnica del enmascaramiento. El súper-ego del poeta, esa voz interior represiva, no le permite hacer una confesión directa de quién es él realmente y se expresa a través de la máscara de un joven novicio quien se siente agobiado por la vida monástica que lo aparta del disfrute del mundo y que no es cónsona son su juventud.
En este poema se hace presente, bajo el “grueso sayal” de un joven novicio, el YO del poeta cumanés, deseoso de salir al mundo, palparlo, gozarlo sin restricciones; de romper, sin ningún sentimiento de culpabilidad, las cadenas que lo hacen esclavo de los principios inculcados desde la más tierna infancia, de ser realmente un hombre completo, no mutilado; sin embargo, es él mismo quien se impone límites y no permite la libertad de su alma, de sus sentimientos, de sus sentidos, de sus deseos. No tiene la fuerza o la osadía de luchar contra ese superego que lo domina o contra las voces de la madre y del tío, odiados pero siempre presentes. Ve el mundo desde afuera y no se atreve a entrar plenamente en él y deleitarse en las maravillas que le ofrece, a tal punto que se siente extraño a él y se ve en la necesidad de recurrir a épocas remotas, míticas o a inventar mundos fantásticos o inexistentes para refugiarse en ellos.
Sufro por mi estado religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y encierros pago el delito de esta rebosante juventud; aislado, herido por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. (…) Debo recatarme de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta; vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo. Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la hidra sus cabezas. (Ramos Sucre, 1980: 33)
En Ramos Sucre, el elemento liberador del inconsciente es la palabra. El poeta la usa para crear textos hermosos que llegan a lo profundo del alma humana ¿o tal vez de nuestro inconsciente para crear en él una rebelión?
María Teresa Casalta de García
Julio, 2008
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFÍCAS
Eagleton, T. (1998). Una introducción a la teoría literaria. Santafé de Bogotá, Fondo
de Cultura Económica.
Ramos Sucre, J.A. (1980). Obra completa. Caracas, Biblioteca Ayacucho.